









Casi todo el mundo tiene un plato que cocina solo para sí mismo.
No es el que prepara cuando viene gente. No lleva presentación, no lleva foto, muchas veces ni siquiera lleva plato: se come de pie, en la cocina, con la puerta de la nevera todavía abierta. Suele tardar cuatro minutos. Suele repetirse desde hace años. Y si alguien preguntara la receta, costaría explicarla, porque en realidad no hay receta: hay una costumbre.
Lo interesante es que casi nadie lo considera cocinar.
Se le llama picar algo, apañarse, resolver. Se dice “no he hecho nada, he comido cualquier cosa” y se dice creyéndolo, aunque eso que se ha comido lleve una década perfeccionándose sin que nadie se diera cuenta. Quitamos un ingrediente que no aportaba. Ajustamos el punto. Aprendimos que va mejor con el huevo justo antes de apagar el fuego.
Eso es exactamente lo que hace un cocinero. Solo que sin testigos.
Hay una idea bastante extendida de que lo valioso es lo que se prepara para los demás, y de que lo que hacemos a solas es un apaño. Puede que sea al revés. Lo que cocinamos cuando no mira nadie no tiene que impresionar, no tiene que sostener una conversación y no tiene que justificarse. Solo tiene que gustarnos. Por eso suele salir mejor.
La Receta 7 de The Udon Alley va de un secreto que nunca estuvo escondido. Solo estaba sin ofrecer.
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